Todo comenzó con un sueño… Un sueño que se hizo realidad. A la mañana siguiente, el primer día del mes de Ramadán, sonó el teléfono. Me llamaban de la Universidad Az-Zahrá (P) de Qom, donde estudio desde hace unos años, para darme la noticia que había sido elegida, junto a otras hermanas extranjeras, para realizar la Peregrinación a la Casa de Dios.

Todo fue sorpresivo para mí, ya que, a pesar de que como cualquier otro musulmán, esperaba con ansias poder hacer la Peregrinación aunque fuera una sola vez en mi vida, confieso que todavía no estaba en mis planes, ya que no se reunían las condiciones para que pudiera realizar tal viaje.

Permanecí desconcertada todo el día. Por un lado no podía contener mi regocijo y por otro temía… puesto que veía a mi alrededor mucha gente que añoraba realizar la Peregrinación a la Sagrada Casa de Dios y ponía todos sus esfuerzos en poder lograrlo, y aún así no todos podían llevar a cabo tan anhelado sueño.

A medida que iban pasando los días, fui dándome cuenta de que mis temores no eran infundados, puesto que, aunque contaba con el apoyo de todos los que me rodeaban, día a día me enfrentaba con un nuevo problema para poder seguir preparando mi viaje: asuntos de pasaportes, visados, … y el más importante: ¡con quién dejaría a mis hijas!

De todos modos, continué con los preparativos, y mientras lo hacía pedía constantemente a Allah que abriera un camino para mí, puesto que estaba convencida de que así como me había invitado a Su Casa sin que yo lo esperase, también Él me ayudaría a poder concretarlo. Le pedía, le imploraba que me dejase ver Su Casa, y que no me impidiera la entrada a ella luego de haberme puesto en su camino. Durante esos días sentí como nunca que Allah me escuchaba y me acompañaba en mi viaje hacia Él. Repetidamente leía las suras coránicas Al-Hayy y An-Nabâ’; también el hadiz Al-Kisâ’ (la Narración del Manto) y la Ziârah de ‘Ashûrah, puesto que sabía que ello ayudaba a poder llevar a cabo la Peregrinación, como así también decir frecuentemente Lâ haula ua lâ quwata il·la bil·lah (No hay poder ni fuerza sino en Dios) y Mâ shâ’Al·lah (que sea lo que Dios haya dispuesto)… y otras súplicas recomendadas para ser leídas en el bendito mes de Ramadán.

Esos días aún están en mí, y aunque fueron días muy decisivos, hoy creo que fueron los mejores de mi vida, puesto que durante todo ese tiempo Allah estaba conmigo, y yo lo sentía.

Fue así, que por fin llegó el día esperado, el 30 de Dhûl Qa‘dah en que comenzaría a transitar por el sendero que me llevaría a la Casa de Dios, aunque yo sentía que mi Peregrinación ya había empezado dos meses antes, desde que comencé a asistir a las clases sobre la Peregrinación.

Antes de salir de casa, me esmeré por hacer todo lo que había leído sobre lo recomendable de realizar en el momento de partir: recé dos ciclos de oración, di limosna (sadaqah), y pedí a Allah para que en mi ausencia protegiera a mis hijas, de las que me alejaba por primera vez, y tras pasar bajo el Corán que nuestros vecinos habían preparado para despedirnos a mí y a mi esposo, me encomendé a Allah: “En el Nombre de Dios. Me encomiendo a Dios. No hay poder ni fuerza sino en Dios. ¡Dios mío! Ciertamente que te pido el bien que hay en aquello por lo cual emprendo mi marcha y me amparo en Ti del mal que hay en aquello por lo cual emprendo mi marcha. ¡Dios mío, incrementa en mí Tus gracias, completa en mí tus bendiciones y utilízame en Tu obediencia. Haz que mis deseos sean sobre aquello que hay en Ti y hazme morir encontrándome bajo Tu religión y la de Tu enviado, que Dios le bendiga a él y a su familia”[i].

Tras instalarnos en el autobús que nos conduciría a nosotros y al resto de los hermanos y hermanas, al Aeropuerto Internacional “Mehrabad” en Teherán, a dos horas de Qom, continué con mis plegarias, leyéndolas de un pequeño libro de súplicas que todos llevábamos y que nos acompañaría durante toda nuestra Peregrinación, hasta nuestro regreso. Abrí el libro y leí: “¡Dios mío! Dispón enseñanza en mi trayecto, reflexión en mi silencio y Tu recuerdo en mis palabras” [ii]. Leí varias veces Aiat-ul Kursî (la aleya del Escabel) y tras ello un dicho de Imam As-Sâdiq (P) que encontré:

“Si te propones realizar la Peregrinación, dispón toda tu determinación en liberar tu corazón para Dios, Imponente y Majestuoso, de cualquier cosa que te esté ocupando y de cualquier velo; delega la totalidad de tus asuntos a Tu Creador, encomiéndate a Él en cada movimiento y estado de quietud, y entrégate a su determinación, juicio y designio. Despídete del mundo, del bienestar y de las criaturas de Dios, y despójate de cualquier obligación en relación con las criaturas de Dios… y prepárate de la forma en que lo hace aquel que no tiene esperanza de volver. Compórtate de buenas maneras con tus acompañantes y observa los tiempos de las oraciones prescriptas por Dios y de las que son tradición del Profeta. Asimismo, observa continuamente lo que te es obligatorio en lo que hace al buen trato, soportar las fatigas, la paciencia, el agradecimiento, la compasión, la generosidad y el sacrificio…”

Así, comencé a sentir que aunque me movía con mi cuerpo hacia aquel destino bendito, en realidad era un movimiento de mi espíritu, y pedí a Allah que me ayudara a poder sentir todo ello en cada acción mía a partir de aquel momento.

Al llegar al aeropuerto, sentí que mi corazón palpitaba más y más y que no podía soportar la espera de los papeleos y la partida del avión que nos llevaría hasta Jidda. Una vez acomodados en el avión, comencé con mis súplicas nuevamente. Obviamente, todos los pasajeros tenían nuestro mismo propósito: realizar la Peregrinación. La mayoría de ellos eran ancianos que realizarían la Peregrinación por primera vez en su vida, y durante el viaje escuché a muchos decir que habían esperado toda su vida, o algunos hacía más de veinte años que habían estado preparando su viaje y recién ahora podrían realizarlo, puesto que en los países islámicos existe un cupo limitado y los musulmanes deben inscribirse y luego esperar su turno, y de esa forma muchos de ellos mueren sin haber concretado su anhelo. A mi lado viajaba un anciano lisiado de guerra a quien le faltaba un brazo, y muchos de los pasajeros eran padres o madres de mártires, algunos de los cuales habían conseguido viajar más pronto debido al honor que les correspondía por parte de la nación de Irán. Por esa razón agradecí mucho más a Allah que me permitiera ver su Casa a una edad relativamente temprana.

Cuando desde al altavoz se anunció que pronto llegaríamos al Aeropuerto Internacional de Jidda especial para peregrinos, no pude contener mi emoción. Pensé en que pronto estaría en tierras de nuestro bendito Profeta (BP); sentí que poco a poco me trasladaba desde el siglo XX, al octavo año de la hégira lunar, cuando finalmente los musulmanes conquistaron La Meca y establecieron un gran estado desde el cual comenzó a irradiarse hacia todas partes del planeta el fulgurante mensaje de la Unicidad y la Justicia.

Cuando el avión tocó tierra, todos los que allí nos encontrábamos, gritamos en una sola voz, involuntariamente: “¡Dios mío! Bendice a tu Profeta y a la Familia de tu Profeta!”.

Pronto estábamos todos en la sección de registro, dividida en un sector para mujeres, y otro para hombres, pero que se comunicaban entre sí. Cada vez que entregaba mi pasaporte a un nuevo jefe de mesa, se extrañaban al enterarse de que yo era argentina, de forma que uno de ellos exclamó la aleya: «… y vendrán a ti, de toda apartada comarca…»

Al pasar por la sección de control, las mujeres encargadas de la inspección, tomaron los libritos de súplica de nuestros bolsos y los dejaron a un lado, donde había muchos más, que habían sido arrebatados a los peregrinos que habían pasado antes. Me sorprendí mucho porque realmente no lo esperaba, y cuando le pregunté por qué nos los quitaba, solo me respondió: “¡Harâm, harâm!” (¡Está prohibido -por la legislatura islámica-!).

Está de más decir lo que sentí, al verme despojada de lo que me ayudaría a dirigirme al Profeta como él (BP) y nuestros Imames (P) nos lo habían enseñado… ¿qué súplicas haría en el momento de encontrarme frente a frente a la Casa de Dios?, ¿qué diría mientras estuviese circunvalando esa Sagrada Casa?, ¿qué diría cuando bebiera de la bendita agua de zamzam?, ¿cómo saludaría al Enviado de dios cuando estuviese frente a él? ¿Es que yo no podía, al igual que el resto de los musulmanes, actuar de acuerdo a los actos preferibles que nos enseñó nuestro Profeta, cuando lo más probable era que no iba poder regresar otra vez? Por más que traté no podía entender qué de malo podía tener un libro donde a lo largo y ancho bendice al Profeta y que está repleto de aleyas coránicas y súplicas a Dios, mientras veía a mi alrededor que las hermanas de otras escuelas islámicas habían sido permitidas conservar sus libros. Yo ya había escuchado que no se permitía la entrada de libros que no estuvieran de acuerdo a los pensamientos wahabitas, ¡pero jamás hubiese pensado que no se nos permitiría ingresar un libro de súplicas!

Al salir del control, me reconforté un poco al saber que a mi esposo no le habían quitado el libro de súplicas que llevaba consigo, porque el guardia que lo había examinado no había puesto mucha atención al hacerlo, o tal vez porque se percató de que no había nada malo en él.

Cuando salimos a la explanada me llamó mucho la atención el techo en forma de gigantescos toldos color crema, apoyados sobre grandes columnas distanciadas entre sí, en las que se podía ver el cielo a través de las aberturas… Justo había comenzado a llover, y el olor de la lluvia primaveral y las gotas de agua que se deslizaban por las aberturas del techo, realzaban el ambiente y me sentía en el culmen de la dicha y el sosiego.

Cada nación o región disponía de una sección señalizada por la bandera del país correspondiente, por lo que al salir del registro, cada caravana, que se distinguía por una vestimenta especial que todos llevaban para poder ser diferenciados por los de su mismo grupo y así evitar perderse, se dirigía allí a esperar la salida del autobús que los llevaría a La Meca. Todos con los mismos colores, hasta podían observarse a algunos hermanos indonesios vestidos como boy scouts. Los que más abundaban eran los malayos, indonesios, iraníes, paquistaníes, y por supuesto, los de los diferentes países árabes.

Después de esperar unas horas a que estuviera preparado el autobús que nos trasladaría a La Meca, y tras rezar la oración del ocaso y la noche, subimos al mismo con mucha ansiedad, sabiendo que primero deberíamos detenernos en el Miqât[iii] de Yuhfah para vestir el Ihrâm[iv] y consagrarnos así peregrinos.

Mientras viajábamos, desde el pasacintas del autobús llegaba a nuestros oídos una melodiosa voz que recitaba las benditas aleyas del Sagrado Corán, que nos hacían estremecer de emoción, y abriendo los ojos de nuestro corazón en medio de la oscuridad de la noche, nos dejaba ver las huellas de nuestro bendito Profeta (P) y de los combatientes que dieron todo para implantar la semilla del naciente Islam. Las aleyas del Sagrado Corán que llegaban a mis oídos penetraban en mí y se dejaban entender… eran las aleyas de la Sûra Al-Anbiâ’ (Los Profetas) que ayudaban a ambientarnos en aquella bendita época en que cada uno de los mismos pregonaba su eterno mensaje de Unicidad… Noé, quien fuera salvado de las aguas junto a su familia; Abraham, el destructor de ídolos, quien fuera salvado del fuego por su total sometimiento a Dios: «Dijimos: “¡Oh fuego! Sé fresco y salvación para Abraham”»… Y Lot; Moisés y Aarón, a quienes se les otorgó Al-Furqân (el diferenciador), la luz y el mensaje para los timoratos; asimismo Isaac, Jacob, David y Salomón a quienes fuera concedida la prudencia y la sabiduría, y agraciados con la virtud; Job, quien invocara a Dios: «¡Por cierto que la adversidad me ha azotado, pero Tú eres el más Clemente de los misericordiosos»… Ismael, Enoc (Idrís), y Ezequiel (Dhûl Kifl), todos los cuales se contaban entre los perseverantes… «Y acuérdate de Dhun-Nûn (Iûnus-Jonás), cuando se fue airado, creyendo que no podíamos sobre él, y clamó en las tinieblas (cuando se encontraba dentro de la ballena): “No hay más divinidad que Tú! ¡Glorificado seas! ¡Por cierto que me contaba entre los opresores!”. Y le exaudimos y le libramos de la angustia. Así salvamos a los creyentes». Y Zacarías y Iahiâ (Juan), y Jesús y su madre María, a quienes Dios hizo de ellos un milagro para la humanidad. «¡Oh musulmanes!, por cierto que ésta es vuestra religión; es una religión única y Yo soy vuestro Señor»… Y cuando Dios habló a nuestro Santo Profeta (BP): «Diles: “Ciertamente, me ha sido revelado que vuestro Dios es un Dios único. ¿Es que acaso seréis musulmanes?…»…

Fuente: http://islamoriente.com/content/article/diario-de-un-peregrino